Google+ Followers

lunes, 22 de enero de 2018

11. El lavaplatos

Tenía yo unos diez años cuando empecé a ayudar a mi madre a poner y quitar el lavaplatos. Al principio recuerdo que me hacía ilusión y todos colaboraban más o menos. Al poco tiempo sólo mi madre y yo nos ocupábamos y después sólo yo. Con ocho de familia, llenar y vaciar el lavaplatos y poner y quitar la mesa; así como limpiarla y barrer no era poco trabajo. Pero yo lo hacía con gusto porque le libraba a mi madre de esa labor, que ya estaba bastante ocupada. Lo que ocurre es que con el tiempo pasó de ser un favor a una obligación y eso ya no tenía tanta gracia.

Desde los doce a los veintidós años, cuando me casé, ocuparse del lavaplatos y la mesa eran ya una labor inevitable para mí. Eso no me hubiera importado tanto si no fuera porque tenía cuatro hermanos, de los cuales tres no solían estar en casa mucho tiempo pero mi hermana sí. Y después de comer se sentaba tranquilamente a leer el periódico, cosa que por cierto le correspondía a mi padre, pero nadie se atrevía a decirle nada porque tenía mucho carácter. Así que yo me sentí durante muchos años como una hija de segunda categoría y eso me resultaba doloroso, aunque supiera que en el fondo la decisión era mía.

jueves, 18 de enero de 2018

10. Un poco más

Como decía Chelo que resumo mi vida en pocas líneas, voy a añadir un poquito, porque hay poco más que decir de mi vida hasta los veinte años. Yo seguía sin tener un grupo de amigos, sino alguna amistad de vez en cuando. Así que salía habitualmente con mis padres. Entre semana con mi madre de recados y a sacar el perro. Los fines de semana a mi padre le gustaba ir a algún parque o de excursión cerca de Madrid. También íbamos juntos al cine bastante a menudo o a visitar a algún pariente mayor.

Lo que pasa es que yo ya era una chica llena de complejos y salir con mis padres me agradaba pero al mismo tiempo me daba mucha vergüenza. No quería que me vieran las del colegio por ejemplo, que no tenía amigos con quien ir e iba con mis padres como una niña pequeña. De manera que esa contradicción hacía que no disfrutara mucho de las salidas, cosa que es un lástima. Ahora las echo de menos. Por los demás, es que realmente la década de los diez a los veinte años fue para mí tan monótona e insustancial como la anterior. La siguiente en cambio se me pasó volando.

Por cierto, he vuelto a la gimnasia.

miércoles, 17 de enero de 2018

9. La adolescencia y la juventud

A los quince años empecé el Bup y los dos primeros años me fueron bastante mal. El tercero mejoré porque ya iba por letras. El Cou me costó mucho pero lo aprobé y pasé la selectividad a la primera. En estos años también salía poco y tuve amistades sin compromiso. Después decidí estudiar secretariado en dos años y otro más en que estuve solamente estudiando idiomas: inglés, francés y alemán. Entonces fue cuando empecé a salir con mi marido. A continuación encontré un trabajo que sólo me duró seis meses porque se mudaron a Coslada .

Busqué y encontré otro trabajo cerca de casa, pero éste no me trajo más que malos recuerdos. Algo de bulling, que entonces no se identificaba ni se llamaba así. El caso es que lo dejé al año cuando me casé, pensando en buscar otra cosa preferiblemente de media jornada. A los veinticinco años me quedé embarazada y ya no quise separarme más de mi bebé, así que no volví a trabajar más. (Quién me lo iba a decir). A los dos años nació mi hija mayor y a los tres años la pequeña y yo ya cumplía treinta y uno.

martes, 16 de enero de 2018

8. Familia

Tengo cuatro hermanos, tres hombres y una mujer. Cuando era niña, era tan tímida y sensible que no me atrevía a hablar con los chicos. Me parecían tan grandes y el que menos me llevaba cinco años. Así que me escondía bajo la mesa del comedor. Con mi única hermana nunca tuve buena relación. Eramos como el agua y el aceite. Tengo la impresión de que ella me celaba por ser la pequeña, aunque no hubiera nada que envidiar en mi caso. Ella era la guapa, la simpática, la buena estudiante y yo todo lo contrario.

Afortunadamente a los quince años mi hermana se echó novio y desapareció de la escena por un tiempo dejándome a mí espacio libre y más posibilidades de relacionarme con mi madre, pues antes ella la tenía copada. Pero aquello fue un desastre para mis estudios, ahora que empezaba a remontar, pues prefería salir de paseo con mi madre y mi perro a hacer los deberes o estudiar. Los fines de semana se me hacían interminables sin nadie con quien salir, y el verano peor aún, pues sólo iba con suerte un par de semanas a Asturias a casa de unas tías ancianas.

lunes, 15 de enero de 2018

El tic nervioso

Hace ya cosa de un mes que empecé a mordisquearme la boca por dentro. Mi madre hacía algo parecido y fue su primer síntoma de parkinson. Así que fui al neurólogo y me mandó una resonancia magnética de la cabeza. Parece que no tengo parkinson de momento. Lo que sí tengo es temblor esencial, que da unos síntomas parecidos. Tomo una pastilla dos veces al día pero no he notado la diferencia. También he probado con tranquilizantes y relajantes musculares, pero sigo mordiéndome la boca desde que me levanto hasta que me acuesto.

He intentado ponerme cacao labial, pero me lo como. No pensar en ello o pensarlo todo el tiempo. Se supone que es un tic nervioso y debería ser capaz de pararlo, pero no puedo. Me pone nerviosa y me temo que vaya a seguir así ya para siempre. Me siento frustrada. Además pongo caras raras sin querer al mover la boca y tengo que tener cuidado de que la gente no me vea porque llama la atención. Así que estoy siempre un poco en tensión. Por si no tenía bastante con andar siempre con el pañuelo. Esto viene a demostrar que siempre se puede estar un poco peor. Mejor no quejarse demasiado.

viernes, 12 de enero de 2018

7. Amigos

Cuando era muy pequeña mis padres me juntaron con una niña que se llamaba Isabel. Algunos fines de semana íbamos a su casa en el pueblo con sus siete hermanos en el coche y yo siempre me mareaba y vomitaba, a la ida y a la vuelta. Como es natural, dejé de ir con ella. Después me hice amiga de una vecina que iba a mi colegio y bajábamos al parque juntas, pero al cabo de un par de años se cambió de colegio y perdimos el contacto. Éramos muy diferentes. En el colegio hice otra amiga que me duró muchos años aunque no nos veíamos muy a menudo. Todavía la llamo de vez en cuando por teléfono.

En los últimos años de bup me hice muy amiga de una chica bastante problemática, en el sentido de que tenía una vida muy complicada. Salíamos juntas a la discoteca hasta que nos fuimos distanciando. Digamos que la amistad nunca ha sido mi fuerte. Como ya he contado alguna vez, después he tenido amistades más o menos superficiales y poco duraderas, que todavía mantengo; y una chica que conocí que por desgracia ya murió bastante joven. No he tenido la suerte de contar con amigos de esos incondicionales y para toda la vida.

jueves, 11 de enero de 2018

6. La muerte

Ya he contado alguna vez que cuando era un bebé de seis meses me morí por deshidratación en un viaje a Galicia. Estuve más de media hora sin respirar. De aquello creo recordar que la muerte era un estado muy agradable y yo no quería que me reanimasen, pero lo hicieron. Desde los diez años aproximadamente cada noche yo rezaba por morir. No tanto que quisiera suicidarme y darle ese disgusto a mis padres pero pensaba, con razón, que si tanta gente estupenda moría cada día de la manera más tonta, por qué no podía yo sustituir a alguno de ellos.

Pensaba que mi vida así no tenía sentido. Afortunadamente Dios no me hizo caso o me hubiera perdido lo mejor. Pero cuando dejé de pedir la muerte fue precisamente cuando alguien intentó matarme. Es un tema en el que prefiero no entrar. El caso es que siempre he considerado la muerte como una amiga y, si no fuera por mi marido y mis hijos, no me importaría que me alcanzara. Como buena depresiva no acabo de entender cuál es mi papel en la vida, aparte de ser un peón más en un tablero de ajedrez.